AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO

LA TRANSAMAZÓNICA EN BICICLETA


        ¿Se puede ser tan irracional como para pretender hacer más de 7.000 kilómetros en bicicleta a través de la selva más grande del planeta, habiendo pedaleado menos de 200 kilómetros a lo largo de los últimos nueve meses?
         Yo lo fui.
         ¿Se puede ser tan despreocupado como para dejar la preparación de la bicicleta y el material para la última semana?
         Yo lo fui.
         Así que salí pedaleando del aeropuerto de Recife, físicamente negado y con unos cambios terroríficos en la bicicleta para el terreno que tenía que recorrer (dos platos de 42 y 52 dientes y un piñón con seis coronas de 14, 16, 19, 22, 25 y 28 dientes), además de un excesivo equipaje que me obligaba a avanzar como convicto arrastrando una pesada bola de plomo en cada pie.
         A lo largo de la primera semana tuve que ascender colina tras colina, sufrir aguacero tras aguacero, por una carretera pavimentada, estrecha, con excesivo tráfico de camiones y con los conductores insultándome por no ir por el arcén repleto de barro, hierba y agujeros.
         Después de dejar atrás el invierno de la costa, con sus continuas tormentas y sus plantaciones de caña de azúcar y hortalizas, entré en el Sertao donde un atosigante sol intentaba incinerar un reseco territorio, dedicado a la explotación del cactus, y con zonas donde no llueve desde hace años.
         Luego se sucedieron las grandes haciendas con árboles frutales y, al cruzar el río Parnaiba, desapareció el asfalto y empezó la pista de tierra y las inmensidades selváticas.
         Los 407 kilómetros que separan Floriano de Balsas fueron infernales; con la pista plagada de badenes, agujeros, grietas, tierra suelta, polvo escondiendo peligrosos agujeros, un terrorífico tôle ondulée, colinas empinadas y todo bajo un sol abrasador que convertía el ambiente en una caldera a presión.
         A Sao Joao Dos Patos llegué pedaleando bajo la luz de las estrellas.
         Antes de llegar a Pastos Bons a punto estuve de lamentar que en los descensos me dejase empujar como loco suicida por la gravedad, salvándome mi instinto de un gravísimo accidente en una de las bajadas, al advertirme que usase los frenos; y a pesar de que lo descendí despacio, todavía tuve que agradecerle a mi sangre fría, el haber controlado la bicicleta al meterme en una inmensa grieta producida por el agua, que serpenteaba en la carretera y que cubierta de polvo, no se dejaba ver hasta que no caías tragado inesperadamente.
         Los últimos 50 kilómetros antes de llegar a Sao Domingo los tuve que hacer con el equipaje colgado al hombro, después de romperse el portamaletas y no conseguir arreglarlo con una chapuza. Los hierros habían acabado destrozados por el trepidante golpeteo provocado por la ondulada pista y el pesadísimo equipaje; y como postre, amargo claro, me quedé sin agua, en una jornada en que todo parecía estar a punto de desintegrarse por el sofocante calor que hacía.
         A Mangabeiras llegué con la cámara fotográfica rota por el excesivo hipo que la irregular pista le contagiaba constantemente a la bicicleta.
         Unos kilómetros después de salir de Balsas se me acercó un coche con tres hombres, se situaron a mi altura y el copiloto me gritó varias veces que me detuviese. Le respondí que tenía prisa al tiempo que aceleraba el pedaleo; pero en cuanto me sacó una pistola amenazándome con usarla si no me detenía, sentí que mi viaje había llegado a su fin; tantos me habían advertido lo que estaba ocurriendo, que no me pareció extraño. Por suerte eran policías de paisano y tras mostrarles el pasaporte, me dejaron continuar.
         A la salida de Estreito me equivoqué de carretera, pero decidí continuar hacia adelante; total por no retroceder ocho kilómetros, hice 53 más de los que hubiese hecho por la ruta que debí tomar. Ese día fue terrible: tuve colitis, pinché, sufrí una sed desgarradora y ya de noche, con la población de Itaguatins al fondo repleta de lucecitas, me lancé en medio de un mar de oscuridad por la inclinada carretera que descendía hasta la urbe sin usar los frenos y olvidando que en las entradas de los núcleos urbanos había siempre badenes para obligar a los vehículos a reducir la velocidad... Inesperadamente sentí cómo alzaba el vuelo, los pies se salían de los rastrales y de milagro conseguía enderezar el manillar antes de que las ruedas volviesen a entrar en contacto con la tierra, hasta que segundos después y todavía en plena oscuridad, otro badén intentó de nuevo catapultarme al cielo, o más bien, ¡al infierno! Esa misma noche lo conocería, al acostarme me encontré con que el vecino se había dejado la luz encendida y como el tabique no llegaba al techo, impedía que mi cuartucho se oscureciese. Además, con un escandaloso transformador funcionando en el patio, el estómago amenazándome con expulsar la cena por haberlo llenado demasiado, un agobiante calor intentando asfixiarme y el silbante volar de los mosquitos con sus traicioneras picadas, ¡dormir me fue imposible!, a pesar de que mi maltratado cuerpo reclamaba desesperadamente: ¡descanso!
         Dos horas y media después de acostarme oí como mis vecinos de habitación entraban. Y cual fue mi sorpresa cuando, en vez de apagar la luz, empezaron a hacer el amor, pasando por encima del tabique, además de la molesta claridad, los chirridos de la cama y los suspiros de placer de la chica, que daban la impresión de que fuese a morirse... de gusto.
         La jarana duró bastante, pero por fin apagaron la luz; y entonces el tío empezó a roncar, ¡a roncar a lo bestia!, semejando el rebuzno de un burro.
         —¿Qué he hecho para merecer esto? —llegué a preguntarme.
         Aguanté lo que pude y a las dos de la madrugada salí de la habitación expulsado por los infernales ronquidos y los vampíricos mosquitos. Sentado bajo una farola me entretuve escribiendo los desventurosos acontecimientos de aquel día, y cuando regresé a la habitación, me encontré con que ¡la parejita estaba nuevamente disfrutando de "la vida alegre y divertida"!, y por lo que llegaba a oír, ¡cómo disfrutaban!, mientras tanto yo me distraía matando mosquitos, sin que los 11 que derribé no fuesen suficientes para que los demás huyeran. Aquella noche fue horrorosa y en cuanto amaneció salí disparado del cuarto de torturas.
         A Marabá llegué a medianoche, tras 15 horas desde que partiese de Agustinópolis, las últimas seis en plena oscuridad, dejando atrás 171 kilómetros por pista de tierra... sufrí una caída, persecuciones de perros, mareos... y me arriesgué a lo peor. Al sentirme a salvo me prometí no volver a pedalear nunca más de noche, pero antes de que saliese de Brasil, las circunstancias me invitarían a sufrir y disfrutar de algunas etapas nocturnas, tan diferentes a esta, que di por bueno mi incumplimiento de palabra.
         Antes de llegar a Medicilandia casi me rompo la crisma por la excesiva velocidad que alcancé en un peligroso descenso, con la pista de tierra repleta de agujeros y un camión subiendo por el centro; y al apretar los frenos metros antes de llegar a su altura, la bicicleta se quedó clavada y yo salí volando ¡por suerte! hacia la cuneta en vez de contra las patas de caucho de uno de los peores animales amazónicos, que me hubiese destrozado irremisiblemente.
         Cinco kilómetros después acababa en el fondo de un agujero de un metro de profundidad, por el que descendía el agua de lluvia y que cubierto de vegetación no se veía; hasta que me vi en el fondo, sobre un colchón de ramas, hojas y espinas, la ropa y la piel desgarrada, la sangre muriendo al contacto con el aire, algunas piezas de mi montura dobladas, mi cuerpo dolorido y la bicicleta encima haciendo de manta.
         Pero no acabaron ahí las prácticas por emular a los pájaros y tres días después volvía a salir disparado por encima de la bicicleta. Hasta que por fin me di cuenta de que al frenar la zapata tocaba la cubierta y bloqueaba la rueda...
         La Transamazónica en ocasiones demarcaba los límites de algunas reservas indígenas, como la de Arara, así que mientras a mi derecha los árboles habían sido cortados y quemados por los colonos, a mi izquierda la selva continuaba manteniendo su virginidad intacta.
         Aquel día cuando cruzaba un puente, un grupo de niños indígenas que se bañaban en el río, al verme con el turbante blanco enrollado en la cabeza y tapándome la cara, que llevaba para protegerme del sol y defenderme del polvo, corrieron gritando asustados hacia sus chozas, posiblemente al confundirme con un fantasma. Kilómetros después, al descender una colina y apearme ante otro puente (los cruzaba andando para no pinchar o meter la rueda en alguno de los muchos agujeros que quedaban entre los tablones), vi a seis indios vestidos con calzones y con aspecto de estar en pie de guerra, que intentaban tirar al río un tablón del puente, mientras gritaban como animales histéricos y saltaban como monos a quienes se les hubiese inyectado alguna droga alucinógena, a la vez que golpeaban con los pies y los palos el puente intentando romperlo un poco más de lo mucho que ya estaba.
         Al llegar ante ellos me detuve y les saludé sonriente. Dejaron el tablón y me rodearon. Uno me hizo varias preguntas y empezó a tocar la bicicleta y las bolsas, y temiendo lo peor me despedí. Protestaron y uno hizo ademán de retenerme, pero montándome en la bicicleta inicié el ascenso de la colina, acelerando todo lo que pude en cuanto vi que me adelantaba una piedra lanzada por mis recientes conocidos, que habían decidido jugar al tiro al "blanco".
         De Itaituba hasta Jacareacanga había 398 kilómetros, muchos de ellos ya tragados por la selva, y cuando me alejaba de Itaituba no pude por menos que recordar la advertencia que un conductor de autobús llamado Walter me hiciese días antes en un bar:
         — Si intentas llegar hasta Jacareacanga en bicicleta no tendrás ninguna posibilidad de salir con vida de la aventura. Si no te pierdes tragado por la selva, te matarán las balas de algún buscador de oro sin dinero o algún salteador de caminos; y si no, lo harán las flechas de los indios, o tal vez acabes en la tripa de un jaguar, o de alguna anaconda, o quizás en la de varios cerdos salvajes, si antes no te mata una serpiente venenosa. Además, seguro que las picaduras de los mosquitos acabarán transmitiéndote el paludismo, pero aunque consiguieses sobrevivir a todo esto, no te preocupes, porque las lluvias amazónicas, que en esta época del año ya han empezado a caer por allí, están convirtiendo el suelo en un pegajoso barrizal del que no podrás ni despegar los pies...
         Y lamenté no hacerle caso, pues aquellos 398 kilómetros a punto estuvieron de convertirse en mi tumba.
         Necesite 28 días para completar todo el recorrido con la bicicleta, avanzando por la selva abriéndose paso con un machete, empujando la bicicleta a través de una zona infestada de jaguares, anacondas, serpientes venenosas, manadas de cerdos salvajes carnívoros...; sin mapas ni guía ni brújula; tuve que dormir sobre los árboles atado a las ramas, unas hormigas gigantes me destrozaron la ropa y las bolsas, y hasta me perdí...
         ¡Necesite 14 días para hacer 23 kilómetros!
         ¡Increíble! pero cierto.
         Yo mismo, en ocasiones, si no fuese por las cicatrices, las fotografías y unos recuerdos gravados a fuego en mi memoria, también lo dudaría.
         Después de llegar a Jacareacanga y tras una semana de obligada convalecencia, tanto de la bicicleta como mía, cuando esperaba avanzar por un camino, me volví a encontrar con la espesa selva... y nueve días después de partir y consciente de que había atravesado parte del mismo infierno, y a la vez parte del paraíso, llegué a Apuí con 36 heridas en las piernas supurando una espesa, amarillenta y maloliente pus, y con los pies hinchados y doloridos que casi me imposibilitaban caminar.
         Pero, ¡todavía estaba vivo! Y aunque tentado de quedar atrapado entre los muchos encantos que Brasil ofrece, ¡la aventura es la aventura! y continué hacia delante, a pesar de su infinidad de exóticas y deliciosas frutas tropicales capaces de no aburrirte el paladar, como el cupuaçu, la acerola, el mango, el maracuya, la graviola... que se convierten en unos zumos más sabrosos que cualquier refresco inventado...
         Sí, continué hacia adelante a pesar de que la música de Brasil posee color y calor, y es capaz de contagiar a todas tus células un alocado deseo de vibrar, moverse y danzar... Alejándome de un lugar donde bailar sigue siendo un aperitivo para despertar la sensualidad, para rozarse... para gozar... alejándome de una tierra donde el deseo por el placer no es reprimido y se hace el amor con tal pasión y naturalidad que consigue confundirte...
         Un país donde los paisajes son impresionantes, preciosos, alucinantes...
         Un país donde sus habitantes son simpáticos, curiosos con los extranjeros, amables y despreocupados, como fue el caso de Zé, un entrañable buscador de oro:
         —He cazado tres jaguares— me confesó mientras cenábamos.
         El nombre de jaguar procede de la lengua guaraní, concretamente del vocablo yaguará, que significa "cuerpo de perro".
         —¿Y por qué los mataste?— le pregunté curioso.
         —El primero fue por casualidad. Me encontraba subido a un árbol esperando algún animal para la cazuela, y cuando apareció el jaguar, le pegué un tiro.
         —¿Y por qué le disparaste si su carne no es buena y el tráfico de pieles prácticamente ya no funciona en esta parte de la Amazonia?
         —Los jaguares son peligrosos y por aquí hay demasiados, atacan al ganado y conozco algunos casos en que se han atrevido a matar a personas, aunque generalmente sólo lo intentan cuando están muy hambrientos o heridos.
         —¿Sí?
         —Sí.
         —¿Y los otros dos los cazaste igual?
         —No. Hubo uno que llevaba días acechando por los alrededores y una tarde a pleno sol, mientras estaba jugando al fútbol con unos amigos, oímos que un cerdo gritaba desesperado —y haciendo una pequeña pausa me sonrío—. Entonces, al ver que un jaguar con las fauces clavadas en el cuello del cerdo retrocedía arrastrándolo hacia la floresta, me fui a por la escopeta.
         —¿Y? —dije pidiéndole que no demorase el desenlace de la narración, ni siquiera para coger aire—. ¿Qué paso?
         —Llegué a unos metros del animal, que estaba dispuesto a no soltar su presa, y lo maté.
         —¿Y qué hiciste con él?
         —Lo enterré en el mismo sitio que cayó muerto. —A partir de ahora te llamaré el Gran Cazador —le dije con descarado tono irónico, aunque a él le pareció un cumplido—. ¡No he visto que tengas cerdos!
         —Sí, tengo, pero un caimán de cuatro metros se ha comido diez y como no he podido cazarlo, me los he llevado a la mina de oro que tengo río arriba.
         A mi llegada la tarde anterior me estuve bañando en el río, y al pensar que hubiese podido servir de merienda al caimán, se me hizo un nudo en la garganta, que tardé más en deshacer de lo que le hubiese costado al saurio engullirme.
         —¿Y si te hago una foto al lado de la piel de jaguar que tienes colgada...?
        
         Pero tenía que hacer el viaje con prisas, ya que debía salir de la selva y alcanzar los Andes antes de que llegasen las lluvias.
         Y las lluvias me pillaron 700 kilómetros antes de las laderas de los Andes. Y, si avanzar a golpe de machete entre árboles es duro, hacerlo sobre una pista repleta de barro es... ¡hubo un día que en media hora sólo conseguí hacer 100 metros! y al final tuve que esconder la bicicleta en la selva y continuar a pie, para regresar días después, cuando ya se hubiese secado el barro, a recuperarla.
         Pero como bien dijo nuestro antepasado Séneca: "No nos hace falta valor par emprender ciertas cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles porque nos hace falta valor para emprenderlas"; así que a pesar de las incontables dificultades y peligros, pude llegar a donde quise.


LA TRANSAMARGURA



         Con la confirmación de que en la Amazonia se escondían yacimientos de diamantes, oro, plata, cobre, estaño, hierro, plomo, manganeso, bauxita... el gobierno se dispuso a estudiar la manera de extraer tan fantásticas riquezas, y tras la terrible sequía que afectó en 1970 al Nordeste brasileño, bajo el lema: "Gente sin tierra para tierra sin gente", el 16 de junio de 1970 el presidente Emilio Garrastazú Médici firmaba el Decreto Ley número 1.106 creando el Programa de Integración Nacional, que incluía la construcción de la carretera Transamazónica que enlazaría las dos ciudades más orientales de América del Sur, Joao Pessoa y Recife, con las carreteras peruanas, a través de la selva tropical más grande del mundo.
         Desde la ciudad de Recife bañada por el Océano Atlántico hasta la población de Boqueirao da Esperança (Agujero de la Esperanza), ubicada en la frontera con Perú, les separaban 5.600 kilómetros, de los cuales tan sólo los primeros 830 hasta la ciudad de Picos estaban asfaltados, los siguientes 860 hasta Estreito eran de tierra afirmada y los restantes 3.910 había que robárselos a la selva. Desde Boqueirao da Esperança hasta Lima todavía quedaban otros 1.000 kilómetros, que el gobierno peruano se comprometía a construir para que a finales de 1973, un conductor que partiese de las playas del Atlántico pudiera llegar a la costa del Pacífico.
         La DNER (Departamento Nacional de Carreteras) fue el organismo encargado de construir la Transamazónica, siendo las constantes lluvias su peor obstáculo, además de encontrarse con la sorpresa de que la Amazonia no era tan plana como se creía, ya que al ir desmatando la selva, aparecía un terreno muy ondulado con fuertes desniveles y cordilleras de reducidas elevaciones.
         Primero los tractores oruga abrían un espacio de 70 metros de amplitud derribando todo lo que encontraban a su paso, quemándose miles de árboles al no poder las serrerías existentes absorber tanta cantidad de madera. Después se limpiaban los 40 metros centrales y finalmente se apisonaban varias capas de cascalho (mezcla de tierra roja y piedrecitas), para dejar una pista de rodaje de siete metros de anchura.
         ¡Arrasaban 70 metros para usar sólo siete!
         Los puentes se construyeron con maderas nobles, menos cuando los ríos tenían más de 100 metros entre sus orillas, que se instalaban transbordadores.
         Se circunscribió toda la actividad colonizadora a una franja de 20 kilómetros, usando como eje la Transamazónica, delimitándose parcelas rectangulares de 500 metros de frente por 2.000 de profundidad.
         Veinte años después la realidad era que nunca se llegó a abrir una carretera entre Lábrea y Rio Branco, ni los 450 kilómetros que separan Cruzeiro do Sul de Pucallpa; y que dos tramos intermedios, entre Itaituba y Apuí y entre Rio Branco y Cruzeiro do Sul habían sido engullidos por la selva y resultaban ya intransitables.
         En la actualidad la Transamazónica es llamada la Transamargura.

 

COSAS DEL VIAJE



         DÍA QUE PARTÍ DE RECIFE (BRASIL): 15-07-1993.
         DÍA QUE LLEGUE A LIMA (PERÚ): 23-01-1994.
         TIPO DE BICICLETA: Una de carretera que compré en 1983 y con la que hice los 7.300 kilómetros entre Argel y Dakar en 1988; con cubiertas de 3,5 centímetros de grosor.
         COMPONENTES DE LA BICICLETA: Más bien baratos.
         SPONSOR: Yo mismo.
         VISADOS: No se precisa ninguno para entrar en Brasil.
         VACUNACIONES: Fiebre amarilla; tifus; tétanos; y una pastilla de mefloquina a la semana durante mi estancia en la selva como prevención del paludismo.
         PRECAUCIONES: Muchas son pocas, pero es mejor que ninguna.
         IDIOMAS: El portugués.
         DINERO: Lo mejor es llevar dólares, cheques de viaje en dólares y la tarjeta de crédito.
         DORMIR: Depende de los lugares, pero en mi viaje he llegado a descansar en hoteles desde 50 a 5.000 pesetas: pasando por dormir atado a la rama de un árbol; en hamacas colgadas en: barcos, casas, cobertizos, porches y hasta entre dos delgados árboles a cinco metros de altura para que no se me comiese el jaguar; y también simplemente tirado en el suelo o sobre un colchón de sacos de arroz...
         ¿QUÉ ME HIZO PENSAR EN HACER ESTE VIAJE?: Ocho años antes leí la novela de Alberto Vázquez-Figueroa titulada Manaos, que narra las aventuras de Arquímedes da Costa, que fue la chispa que encendió la pólvora que despertó en mí, esos sueños de aventura que todos llevamos dentro.
         PARA MÁS INFORMACIÓN: Podéis compraros una guía que ahora tan de moda están.
         Y PARA FINALIZAR: Buen viaje, y si no regresáis que sea porque por fin habéis encontrado vuestro paraíso soñado, que desde luego, todavía existe, en alguna parte de este maravilloso mundo. Mucha suerte y que todas las fuerzas positivas del Universo os acompañen.




© Ricardo Hernàndez

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