AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO


A TRAVÉS DE LA TIERRA DE LOS FARAONES EN BICICLETA


        ¡Comenzar! ¿Dónde empieza cada cosa? Un viaje tiene tantos inicios en tantos momentos...
        Año mil novecientos ochenta y siete. Noveno día del año. Son las 4.33 de la madrugada cuando salgo del hotel. Todo es silencio. Hace frío. Me monto en la bicicleta y comienzo a pedalear hacia la carretera que transcurre paralela al legendario Nilo. Doscientos ochenta kilómetros me esperan hasta Abu Simbel, y al recordar la cifra, aprieto los dientes, mientras una descarga de excitación recorre mi cuerpo. ¡Esto ha comenzado!
        Se oyen unos lamentos lejanos. Se asemejan a almas en pena purgando sus pecados. Es el almuédano convocando a los fieles a la oración.
        Cada vez hace más frío y tengo que ir con una mano en el manillar y la otra dentro del pantalón, turnándoles el placer de no sentirlo. El paso por la presa de Assuán es toda una vibración. El suelo es de adoquines y el final parece que no llega nunca.
        Enfilo la carretera del aeropuerto que está iluminada. Las últimas casas de la ciudad ya quedaron atrás y fuera del asfalto todo es arena y oscuridad. Tomo un desvío a la derecha y me sumerjo en la oscuridad del desierto, sin dejar de sentir frío. Ya sólo me quedan 260.
        Llego al primer control militar. Saco el pasaporte y el permiso conseguido el día anterior, y aprovecho la hoguera para recuperar algunos grados. Cuando el soldado termina con sus anotaciones, me voy.
        Assuán se pierde en la lejanía mientras me deleito pedaleando bajo la luz de las estrellas. Me siento contento. Mi rodilla izquierda, que tantos problemas me ha dado a lo largo del viaje, parece recuperada.
        Llevo 35 kilómetros cuando la bola naranja aparece por el horizonte; me detengo y al tiempo que como pan y queso, veo amanecer.
        El silencio, que me rodea, me encanta. La carretera es muy buena y no sopla nada de viento. Un cartel anuncia la prohibición de hacer fotografías en la zona. A lo lejos se divisa una base militar. Tras subir una cuesta y cuando, de pie sobre la bicicleta, disfruto del pequeño descenso... los veo.
        Sin dudarlo comienzo a imprimirle velocidad a la cadena. Están a medio kilómetro a mi izquierda, en pleno desierto, pero en lugar de dirigirse hacia mí, van hacia la carretera intentando cortarme el paso. Aprieto los dientes, echo el cuerpo sobre la bicicleta y pedaleo como si en ello me fuese la vida.
        Cuando llego a su altura aún les faltan unos metros para alcanzar el asfalto. Se colocan detrás. Los llevo a unos diez metros. Son dos enormes perros negros, lanzando unos terroríficos ladridos, que consiguen estremecer hasta el último rincón de mi ser.
        Inicio una subida y empiezan a ganarme terreno. No puedo con el piñón que llevo y manipulo la palanca para cambiarlo. Me paso de piñón y pierdo velocidad. Se acercan más.
        Por fin, nerviosamente, acierto con el piñón adecuado y levantándome del sillín, pedaleo con rabia. El corazón está a punto de estallarme. El aire comienza a faltarme.
        Se acaba la subida y a uno lo llevo a dos metros. Mis pensamientos pasan como rayos por mi mente; por un momento pienso que aunque me alcancen, como parece van a conseguir, no me morderán, pero en pleno desierto, solo y con más de 200 kilómetros por delante, no me puedo arriesgar a comprobar su buen corazón de amigos del hombre. Siento miedo... rabia... odio...
        Rápidamente abro la botella, la saco del soporte, apunto al que tengo más cerca y le lanzo un chorro de agua. Al sentirla se frena un poco, pero en cuanto se apercibe de que sólo es agua, comienza a recuperar los metros perdidos.
        Descendiendo la cuesta dejo el botellín en su sitio y cambio de piñón. Comienzo a distanciarlos, pero continúan en su intento de alcanzarme. Finaliza la bajada y ellos, a unos diez metros, detrás.
        Inesperadamente uno se para, el otro no; y una nueva subida. Los colmillos le brillan entre su morro tan negro.
        En el nuevo descenso le saco unos metros y sin esperármelo, se detiene. Respiro hondo. Siento sabor a sangre en la boca.
        A lo largo de toda la carretera hay postes de hierro con un triángulo soldado en la parte superior, donde aparece pintada en numeración árabe, la distancia que me separa de la población sudanesa de Wadi Halfa; sólo tengo que restar 45 para saber la que me falta hasta Abu Simbel.
        La tercera parada para comer es en el kilómetro 140. Hace mucho calor. Dejo la bicicleta apoyada contra uno de los postes de hierro y me siento en el suelo. Aprovecho la escasa sombra que me ofrece la bolsa que llevo sobre el portamaletas, y como pan y queso. Sólo me queda medio vaso de agua.
        Después de 900 kilómetros sobre asfaltos de los más diversos, en ocasiones por caminos de tierra y piedras, sintiendo pasar los camiones a dos palmos, harto de cláxones, de tragar polvo y de que la gente me grite: "What is your name?" (¿Cómo te llamas?); pedalear por el desierto en solitario, por una buena carretera, en medio de un silencio tan sólo roto por el chirriar de la cadena ¡una vez más olvidé ponerle aceite! resulta bastante agradable.
        Sin duda que las pirámides de Keops, Kefren y Mikerinos, junto con la misteriosa Esfinge, conjunto considerado como el único vestigio de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo; el Valle de los Reyes, los templos de Luxor y Karnak, la ciudad de Assuán, algunos hoteles situados a orillas del Nilo como el Movenpick y una larga lista de lugares, tienen sobrado encanto, pero la amabilidad de la gente, los supera; aunque también tropecé con quienes me confundieron con una diana móvil. Únicamente uno me acertó a dar: ¡la piedra era gorda!
        Las marcas de los tanques sobre la arena, los bidones oxidados y sucios de alquitrán, y el esqueleto de algún que otro camello rompen la monotonía del desierto.
        Antes de llegar al kilómetro 200 comienza a soplar el viento de cara; las subidas, aunque poco pronunciadas, son bastante largas y empiezan a molestarme, cansarme, hartarme. El trasero me duele y después de 60 kilómetros sin beber agua, acabo con la poca que me queda. El sol cae a plomo. Sólo el deseo de llegar y el detalle de alguien que desde un autobús saca una mano con el dedo pulgar hacia arriba, me anima a pedalear, pedalear, pedalear...
        Llego a un tramo en el que la carretera está cortada, por la construcción de un puente, otra más estrecha a su izquierda es la alternativa. en ella comienza el descenso de la cuesta que acabo de ascender a la vez que rodea un pequeño montículo, y al salir de la curva... ¡es fantástico! acelero el pedaleo, más aún cuando veo que la persona corre hacia el coche. ¡Se irá antes de que llegue! Pero saca algo del vehículo y se coloca al borde del asfalto.
        Cuando estoy acercándome apunta y... me hace una fotografía.
        Freno a su lado y le pido agua. Me da una botella con un litro, que no dura ni medio minuto. Es un alemán viajando con tres niños y dos mujeres; van en taxi. Uno de los niños se pone a llorar porque quiere agua y no he dejado. Saco dos chocolatinas y se las cambio por sus lágrimas.
        En el segundo control militar y después del papeleo, bebo, bebo y bebo. Está buenísima. Lleno los dos botellines de medio litro y me voy. Me quedan unos 50 kilómetros. El viento ha cesado.
        El astro rey comienza a descender por mi derecha. Refresca. Realmente son los mejores momentos para ir en bicicleta por el desierto. Ya queda poco. El sol se oculta. ¿Se habrá dado cuenta de que he pasado todo el día con él? Me quedan 30 kilómetros. Una mezcla de alegría y tristeza me invade. Si por una parte ya tengo los 1.200 kilómetros casi hechos, por otra esto se esta terminando. Los finales son siempre difíciles de entender. No sé lo que siento.
        Paso el último control militar y llego al único hotel de Abu Simbel, después de 15 horas desde que partiese de Assuán.

       Décimo día del año.
        Son las 5.50 de la madrugada cuando empiezo a pedalear. Giro a la derecha y cambio el asfalto iluminado por la oscuridad de la arena. Descendiendo una cuesta gano velocidad, es difícil mantener el equilibrio cuando, de pronto... ¡está ahí! es maravilloso...
        Me encuentro ante el templo construido por Ramsés II que dedicó a Harmakhis, "El Guardián de las Puertas del Más Allá", a Amón-Ra "Dios del Sol" y Ptah "Dios de la Creación".
        Aún falta más de una hora para que los rayos del sol lo iluminen. Espero. Contemplo el gran lago que se extiende a sus pies. Hace frío. Sigo esperando.
        La visión del fabuloso templo esculpido en la montaña y acariciado por la tenue claridad que lo envuelve todo, me anima a perderme entre las ondas de mi excitada imaginación.
        Las estatuas de más de 20 metros de altura, con sus rostros envueltos en un inquebrantable ensimismamiento, continúan con su piadosa sonrisa sin inmutarse ante mi presencia.
        Por fin aparecen los primeros rayos de sol iluminando a los cuatro colosos milenarios. La oscuridad se desvanece, el frío tiembla ante su inmediata muerte.
        Secuestrado en un clima de sensuales vapores me dejo llevar hasta el rincón más misterioso de mi realidad y una vez en él, la idea de realizar un viaje mucho más difícil comienza a engendrarse en mi fantasía.
        Después de unos minutos, al igual que frío y oscuridad terminan por desaparecer ante el insistente sol, mi sueño esculpido en momentos de éxtasis se esconde en mi interior, a la espera de una nueva oportunidad para salir y crecer en mis sueños.
        Me siento extrañamente triste y en un arranque de rabia, juro ante los inmortales testigos de la historia de Nuvia que el próximo viaje que emprenda en bicicleta, será para llegar más allá de los límites entre los que me creo prisionero...

        Decimotercer día del año.
        Son las 9.30 de la noche. Montado en la bicicleta me alejo del aeropuerto de Manises (Valencia). Hasta Alcàsser me quedan 17 kilómetros. Después de atravesar las poblaciones de Aldaya y Alacúas, llegando a Torrente comienza a llover. Cada vez con más intensidad. La cortina de agua que esta cayendo y la escasa iluminación de las calles no me permite distinguir nada más allá de siete metros. Además, en los bolsillos llevo el pasaporte y otros papeles y se están mojando.
        Al final no me queda mas remedio que parar a la puerta de un bar. Meto la cabeza por una ventana. Mi aspecto no deja de ser bastante gracioso: con un gorro marrón, una camiseta verde a modo de bufanda, barba de un mes y todo mojado. Pido una bolsa de plástico y no me contestan nada bien, no me preguntan mi nombre ni si necesito ayuda, no me invitan a entrar, ¡no me ofrecen un te!
        Tristemente recuerdo que... ¡ya no estoy en Egipto!


© Ricardo Hernàndez

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