AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO


ARGEL - DAKAR 7.300 KILÓMETROS EN BICICLETA


       Como mucha gente me quedé prendado cuando vi las primeras imágenes del París-Dakar por televisión. Y como tantos, empecé a ilusionarme en poder participar. Pero como casi todos, pronto me di cuenta de que se escapaba a mis posibilidades reales. De entrada no tenía ni moto ni carnet ni tanto dinero. Pero en un arranque de inconformismo decidí hacerlo como fuese. Me gustaba el deporte y tenía una bicicleta, y como dice un antiguo proverbio chino: "Un viaje de mil millas comienza con un simple paso".
       La primera pedalada la daba el 31 de diciembre de 1987 en Argel con el objetivo de llegar el día tres a Guemar, lugar donde empezaba la primera etapa cronometrada del Rally. Sólo había que hacer en cuatro días 635 kilómetros con la cordillera del Atlas en medio.
       Llegando a la cima de Deux-Bassins cayo la noche. Después de ocho kilómetros de peligroso descenso en total oscuridad, llegué a Tablat completamente helado. No había hotel y me indicaron que fuese al local de los bomberos. Me dieron de comer, una litera y hasta un masaje que me dejó como nuevo. Las campanadas las viví durmiendo y el primer día del año, con el asfalto cubierto por una capa de hielo, lo empecé con dos caídas. Por suerte sólo se me rompió el cable del freno delantero.
       Llegué a Bou Saada de noche. Al día siguiente a Biskra también de noche. Y los últimos 60 kilómetros, antes de llegar a Guemar, los hice bajo la luz de la luna, mientras me adelantaban la casi totalidad de los participantes del Rally, a excepción de los camiones. La carretera era estrecha y no llevaba luz. A veces tenía que salirme de la carretera, ya que con la velocidad que llevaban resultaba muy peligroso circular por el asfalto. Pero por poco un motorista, que tampoco llevaba luz, acaba por atropellarme; ¡me paso como una exhalación a menos de un palmo!
       Llegar a Guemar, pueblo donde estaba situado el campamento, fue fantástico, y a los pocos minutos me vi envuelto entre periodistas y aficionados. Unos me hacían entrevistas y otros me traían comida del tenderete de Africatours. Fue como uno sueño. A la mañana siguiente fui a ver la salida y estuve hablando con los hermanos Babler y Miguel Prieto.
       Touggourt, Ourgla, Ghardaia, El Golea, fueron 640 kilómetros de buen asfalto pero con un viento en contra que a me hacía ir a menos de 10 kilómetros por hora.
       Cien kilómetros después de El Golea y hasta Tamanrasset, encontré el asfalto deteriorado de la Transahariana. Hubo de todo: kilómetros y kilómetros de continuo bache; tramos en los que colocaban pedruscos en medio para que no circulasen y la terminasen de estropear; trozos arreglados, pero pocos; tramos de tierra apisonada en espera de la capa de alquitrán; tramos de tierra suelta; tramos de piedras; otros en que la arena había cubierto todo el asfalto; y hasta sectores con capas de alquitrán líquido. También por ellos me metí, aunque luego necesité de cuatro litros de gasolina y muchas horas para limpiar la bicicleta y la ropa.
       El dar las tres vueltas al Marabut Moulay Lahcene fue gracioso, y esa noche dormí entre las inmensas rocas cerca de allí. Ya metido dentro del saco, empecé a oír los aullidos de los chacales. Sonaban muy cerca. Por un momento pensé en marcharme y huir, pero me sentía muy cansado. Tragué saliva y toqué la azadita con mango largo que me había traído para ahuyentar los malos espíritus...
       En Tamanrasset estuve recuperando fuerzas de cara a afrontar los 635 kilómetros que me separaban de Arlit, los primeros 60 de asfalto y los restantes de arena. Tardé 12 días, calculo que mitad en bici y mitad a pie. Habían tramos con muchísima arena y las cubiertas de tan sólo 28 milímetros de grosor se hundían fácilmente.
       Cuando caía la noche paraba, comía algo y me metía dentro del saco hasta que amanecía. Llevaba pan, chocolate, queso, galletas, dátiles y siete litros de agua.
       El cuarto día coincidí con un alemán y un francés que llevaban en pleno desierto un mes al lado de un camión y un coche estropeados. Esa noche comí caliente y dormí en el remolque. También descubrí la sensación de dormir en lugares curiosos como en una cama de bancos de madera, metido dentro del chasis de un coche oxidado con una ratita rondándome, en una duna, al lado de los bidones que señalaban la ruta, en plena planicie de arena sin nada donde poder resguardarme y soplando un viento que hacía introducir la arena dentro del saco, en la boca, en los ojos...
       En In Guezzam, pueblo fronterizo con Níger a 400 kilómetros de Tamanrasset donde viven más de cinco mil refugiados, acabaría durmiendo sobre un container.
       El décimo día me quedé sin comida. Me iba comiendo unas pastillas para la garganta, hasta que unos ingleses pararon y me dieron una bolsa con un kilo de dátiles "Made in Irak" comprados en Inglaterra.
       En Arlit pasé ocho días para recuperarme del cansancio y de los problemas estomacales que además había ido sufriendo los últimos días.
       El día anterior a mi partida asistí a un encuentro entre representantes políticos de Argelia y Níger, celebrándolo con unos combates sin armas y una concentración con más de un centenar de tuaregs con sus camellos. Había muchísima gente y resultaba difícil hacer fotografías, por lo que terminé subiéndome en lo alto de una casa. Al poco apareció una chica a mi lado, y al rato dos nigerianos gritando que bajásemos. Nos enseñaron los carnets de policía, pues iban de paisano, y nos quitaron las cámaras. Una vez terminada la fiesta, la chica regresó a recoger la cámara que había dejado sobre la terraza, ya que llevaba dos y sabía que al no tener permiso fotográfico nos las iban a requisar, coincidiendo que la persona que le ayudó a auparse a lo alto de la casa fue el cónsul francés que en aquellos momentos pasaba por allí, y al explicarle lo ocurrido, nos recuperó los carretes que ya dábamos por perdidos.
       Cuando salí de Níger me alegré. Harto del paisaje semidesértico, del calor que me hizo llegar a beber en un día hasta doce litros, del viento que siempre soplaba en contra o de lado, de la gente que te agobiaba intentando venderte de todo, de unos niños que sólo sabían decir "Mesie cado" (Señor un regalo), los incontables controles militares a lo largo de toda la carretera que cruza el país, teniendo que presentarte a la policía cada vez que llegaba a una ciudad...
       Todo en Burkina Faso, que significa "Tierra de los hombres libres", fue mucho mejor. La sabana y la amabilidad de su gente me animaron en un momento en el que el éxito del viaje empezaba a ponerse muy difícil, pues sólo disponía de un mes para recorrer los 2.600 kilómetros que aún me separaban de Dakar. Aquí realicé la etapa más larga con 297 kilómetros en 19 horas y media, haciendo sólo paradas para comer. Pero lo mejor estaba por venir. De Bamako, capital de Malí, hasta Tambacounda ya en Senegal, quedaban 840 kilómetros de pista, una pista bastante especial.
       El primer día terminé durmiendo en un pequeño poblado llamado Kessaro, en la cama de un mecánico de bicicletas, después de pinchar, romper la pieza del cambio de piñón, perderme durante unos kilómetros, sufrir una alergia, y de una caminata nocturna de 25 kilómetros. Al día siguiente tras acortar la cadena tuve que continuar a piñón fijo; hasta Dakar todavía me faltaban 1.250 kilómetros; pero no quedó bien la chapuza y constantemente se salía la cadena, por lo que fue todo un bajar y subir de la bicicleta. Fueron once días de continuas sorpresas. Me crucé con dos leones y aprecié la belleza salvaje de las cataratas de Gouina. Me quedé sin dinero ni comida. Todos los días pinchaba de tres a cinco veces. Todo se rompía. La pista estaba destrozada, y es que por ella había pasado el Rally meses antes. Un día hasta se me acabaron los parches y tuve que seguir caminando hasta llegar a un poblado.
       La sabana fue mucho más dura que el desierto, pero siempre cuando llegaba a una aldea y faltaba poco para hacerse de noche, el primero que me veía me llevaba a las chozas de su grupo familiar, donde me invitaban al típico cuscús y me habilitaban un lugar para dormir. Una noche hasta pude bailar al son del tam-tam bajo la luz de las estrellas, al lado de una hoguera, con las nativas y entre las sonrisas de la gente.
       La frontera de Senegal la crucé, ya sin dinero, en compañía de un contrabandista de cigarrillos que venía en bicicleta desde Bamako e iba hasta Gambia para comprar el tabaco. Esa noche me invitó a cenar y me llevó a un hotel donde se dormía en el suelo, bajo las estrellas y sobre unos trapos que cada hospedado llevaba. Pero a mí me ofrecieron una hamaca. Como me sentía muy cansado me acosté antes de que el té estuviese preparado. El anfitrión, una persona ya mayor, me fue trayendo los tres tés de cortesía despertándome en cada ocasión con un suave toque en el hombro. ¡Nunca me supo tan bien el té!
A la mañana siguiente me despertó mi amigo el contrabandista, me dio dinero para el desayuno y se marchó sin más.
       La destrozante pista de Senegal estuvo a punto de vencerme, pues fueron 200 kilómetros sobre un terreno duro y ondulado similar a los techos de uralita, que me obligaba a ir saltando sobre el sillín.
       Por fin Tambacounda y de allí sobre asfalto hasta Dakar, donde llegué el 11 de abril, último día de las vacaciones de Semana Santa.
       Lo primero que hice fue ir a comprar un billete de avión, ya que al día siguiente tenía que regresar al trabajo. Aunque aún tuve tiempo para visitar la magnífica isla de Gorée.
       En cuanto el avión empezó a elevarse me entristecí. Había estado vibrando durante tres meses y medio en un presente de libertad. Todo había terminado, pero como el final de alguna cosa, siempre suele ser el inicio de otra, empecé a acariciar la idea de escribir un libro en el cual la gente pudiese vibrar tanto como yo había vibrado con la lectura de tantos libros de viajes que al final terminaron por empujarme de cabeza hacia la más increíble de las aventuras...




© Ricardo Hernàndez

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