AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO
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ORODARA

 

PROLOGO

 

       Thomas Carlyle, en su célebre obra Los héroes —que habría de consagrarle literariamente en Europa—, definía al héroe así: "El hombre a quien la Naturaleza tiene predestinado para grandes cosas viene al mundo adornado de aquellas cualidades que constituyen el más preciado don de la misma Naturaleza: la sinceridad, la realidad y la buena fe, que no le dejarán ser insincero".
       ¿Es posible que perduren estas cualidades en el hombre moderno? ¿Deja la sociedad mercantil un lugar para el héroe? Siempre he pensado que sí. El heroísmo, interpretado en una clave menor por el hombre corriente de la calle, no es más que el valor de llegar a ser uno mismo —lo aprendí de Ortega y Gasset— y no ceder a las tentaciones que nos ofrece el mundo para que seamos lo que los demás desean de nosotros: veracidad es la seña. Cuando encontremos a un hombre así entre nosotros, habremos hallado al héroe de hoy.
       Y yo he conocido a ese héroe. Es un joven profesor de un Centro de Educación Especial y ciclista, y corredor de maratón y triatleta. Lector de novelas de viajes y aventuras, admirador de Alberto Vázquez-Figueroa, cuya novela Tuareg, fue el aliento que encendió la antorcha del valor oculto del hombre anónimo y lo elevó a aventurero, a héroe, a hacedor de hazañas.
       Juzguen ustedes. Ricardo Hernández, en ese día estelar que siempre cruza en la vida de un hombre, decidió reunir sus ahorros, pedir la excedencia en su trabajo y, desoyendo el consejo del amigo, el llanto de la madre y el susurro del amor, se repitió como Gilgamesh, el héroe mesopotámico: "Voy a emprender un viaje a lo desconocido". Con su mochila por carcaj, las flechas de su audacia y una frágil bicicleta por corcel, salió un buen día de Alcàsser a cruzar media África, en una travesía de 7.300 kilómetros de Argel a Dakar.
       Ante él, un centenar de días de un viaje a la soledad, a lo desconocido, por desiertos y sabanas, con el suelo por cama y el firmamento por techo, con la bicicleta por escudero, portadora de sus bienes
en sus tubos escondía los escasos dineros de su supervivencia de posibles asaltos; por los caminos de Argelia, Níger, Burkina Faso, Malí, hasta el añorado Senegal, con Dakar, la tierra prometida.
       Su rostro es el de un hombre que llega de muy lejos; su hazaña ya es historia, pero en sus ojos claros de soñador se adivinan nuevas gestas. Como Lawrence de Arabia, como Stanley o Livingstone, está condenado a la acción, la soledad será siempre la mejor amante de su espíritu aventurero.
       No voy a contarles las mil calamidades de su periplo africano, que él mismo narra en sus libros, libros sin patrocinio al igual que su expedición. Patrocinio que ni pidió ni hubiese aceptado, pues hubiera hipotecado la razón que mantiene su propio ideario: su libertad de decisión. Tan sólo les diré que ni las frías noches del desierto, ni el sol que quemaba su piel, ni las hienas, ni los leones, ni la sed o el hambre o las enfermedades quebraron su fe. Llegó a Dakar y con el tiempo justo regresó a España. No acudió nadie a recibirlo al aeropuerto. Al día siguiente reanudó su trabajo.
        Todo el homenaje fue un: "¡Ah, ya has vuelto del viaje!".

 


© Ricardo Hernàndez

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