AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO
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PRÓLOGO

 

       Ricardo Hernández es uno de mis aventureros favoritos.
        Y lo es no sólo por el tipo de aventuras que emprende —y que termina— sino porque es de ese tipo de personas que hacen cosas aparentemente inverosímiles sin darse importancia; sin publicidad ni fantochadas, simplemente porque creen en ellas, y creen que hay un mundo fabuloso que descubrir, y pretenden descubrirlo a su manera.
       Su manera es la manera de aquellos que tienen fe en sí mismos, en su fuerza y su coraje, y son capaces de enfrentar los peligros, las fatigas, la soledad y el miedo sin más armas que ese valor a toda prueba que les permite saltar sobre todos los obstáculos con inaudita facilidad.
       Asegura Ricardo que fue leyendo Tuareg, como se le ocurrió la idea de atravesar el desierto montado en una frágil bicicleta, y pese a todas las satisfacciones que ese libro me ha dado -que son muchas- ninguna tan significativa como el hecho de que haya servido para despertar en el ánimo de un muchacho tanto amor por el desierto en el que transcurrió mi infancia.
       Ahora él, lo conoce tan bien como yo —o quizás mejor puesto que lo recorrí de muchas formas, pero no en bicicleta —y puede entender a la perfección todo lo que quise transmitir en aquellas páginas sobre las impresiones que habían causado en mi mente de niño los paisajes y los hombres del Sahara.
       Y ha escrito a su vez un libro que me ha cautivado; distinto al mío y a mis puntos de vista, pero tan válido o más, pues tiene la virtud de ser extremadamente sincero y permite entrever al propio tiempo la grandeza de ánimo de alguien a quien no le asusta la sed, ni las noches vacías, ni las bestias salvajes, ni los hombres azules de tan terrible fama.
       Pedalear en solitario a lo largo de más de 7.000 kilómetros de arenas, selvas y pedregales exige un temple, que tan sólo se encuentra si nos remontamos a aquellos fabulosos conquistadores españoles que se adentraron en la desconocida América sin más bagaje que sus firmes convicciones, pero Ricardo lo ha hecho, además, sin ni siquiera una espada en la mano, sin ánimo de gloria o de riquezas, únicamente porque se enriquecía su espíritu y se demostraba a sí mismo que se puede nacer en un pequeño pueblo de Valencia sin la más mínima posibilidad de llevar a cabo portentosas hazañas, pero se logran cuando se tienen los suficientes redaños para hacerlas.
       Aún le recuerdo cuando apareció de pronto en mi casa de Lanzarote y me contó lo que había hecho. Se me antojó un fabulador o un mentiroso, pero cuando comenzó a darme detalles de su viaje, hablándome con absoluta naturalidad de gentes y lugares que tanto conocía, me dejó estupefacto y tuve que acabar por reconocer que me encontraba ante un maravilloso loco absolutamente excepcional.
       Por eso cuando me lo preguntan, no puedo por menos que admitir: Ricardo Hernández es y será siempre uno de mis aventureros favoritos.


© Ricardo Hernàndez

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