AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO
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EL VUELO DEL COLIBRI

 

1 - LA APUESTA

 

       —Es imposible.
       —¿Imposible?
       —Completamente -sentenció.
       —¿Por qué es tan imposible que pueda llegar a Jacareacanga?
       —Porque el mantenimiento de la Transamazónica se abandonó hace ocho años y la selva se la ha tragado.
       —Pero, ¿no existe ninguna posibilidad de pasar?
       —No —me respondió mientras desplegaba un mapa sobre la mesa—. Mira, desde Itaituba hasta Jacareacanga hay 400 kilómetros. Los primeros 50 son fáciles, pero luego se entra en el Parque Nacional de la Amazonia, que se extiende a lo largo de 100 kilómetros donde no vive ningún colono y está repleto de animales —dijo indicándome sobre el mapa las zonas de las que hablaba—. Después se pasa al peligroso territorio de los garimpeiros (buscadores de oro) en el que muchos van armados.
       —¡Vaya!— exclamé, recordando mi escaso armamento.
       —En el kilómetro 180 existen unas casas y una avioneta que transporta a los garimpeiros hasta las minas en plena selva. Allí hay un hotel.
       —Espera—le pedí, para terminar de anotar lo que me estaba diciendo.
       —A la altura del kilómetro 250 han abierto hace poco un camino que se adentra en la selva y llega hasta Penedo, un pequeño poblado de garimpeiros a la vera del río Tapajós. A partir de este cruce la selva ha hecho desaparecer la Transamazónica, los puentes han caído, existen precipicios cortando el paso, troncos atravesados y los matojos bloquean los espacios que quedan entre los árboles.
       —Según lo que me cuentas parece imposible, pero quizás exista alguna posibilidad.
       —No la hay.
       —De todas formas, tengo que intentarlo.
       —Es una tontería, mejor dicho, una locura —me aseguró temiendo que no le hiciese caso.        —¿Sabes? Estoy convencido de que todo lo que me has contado es cierto e incluso sospecho que la realidad sea aún peor, pero si cada vez que alguien me dice que algo es imposible, le creyese, puedes estar seguro de que en estos momentos no me encontraría aquí. ¡Y resulta curioso la cantidad de cosas que no parecen realizables y sí lo son! Quizás esta sea una de ellas. No lo sé.
       —Arriesgar la vida por ir a Jacareacanga como pretendes, cuando en unos días llegarías en barco, o en avión en sólo una hora, es algo que no vale la pena.
       —Me quedé mirándolo en silencio. Él conocía aquella tierra y sabía lo que estaba diciendo, yo era un extraño que venía de muy lejos; pero a pesar de los peligros a los que me tendría que enfrentar, no podía retirarme del juego. A veces algo muy superior al sentido común gobernaba mis decisiones, guiándome al lugar deseado, aunque eso sí, a través de un camino plagado de situaciones comprometidas, tantas que sólo en aquel viaje habían sido innumerables las ocasiones en que pensé desplegar la bandera blanca y volver a casa; y en aquel momento me estaban ofreciendo bastantes razones para aceptar una capitulación honrosa.
       —No puedo rendirme sin ni siquiera intentarlo —le dije mientras agachaba la cabeza y fijaba mi mirada en el suelo—. No puedo —repetí bajando el tono de voz—. No puedo —insistí mientras levantaba la cabeza y la movía de un lado a otro con pesadez.
       —Entiendo —me dijo, demostrándomelo con una pregunta a la que no hacía falta responder—. ¿De qué le sirve al hombre vivir sin ilusiones?
       Aquellas palabras me llegaron al corazón y me hicieron sonreír.
       Aquel hombre estaba casado y tenía dos niñas y un niño. Cuando me contó que la niña mayor era adoptada, la magnífica impresión que me estaba causando, mejoró.
       —Bueno —continuó diciéndome— mi padre murió a los trece días de mi nacimiento y mi madre cuando yo tenía diez años. Fui adoptado por una familia que vivía en una hacienda situada a tres kilómetros de Itaituba. Así que al casarme una de las primeras cosas que hice fue adoptar a la niña.
       Aquel hombre se llamaba Vieira, hermano del primer alcalde de Jacareacanga, municipio que había obtenido su autonomía administrativa hacía unos meses. Trabajaba como tesorero y en aquellos momentos nos encontrábamos sentados en las oficinas que el Ayuntamiento de Jacareacanga tenía abiertas en Itaituba.
       —¿Qué apostamos a que consigo llegar a Jacareacanga por tierra?
       —Prefiero no apostar.
       —¿Por qué?
       —Sé que es imposible. Las dificultades y los peligros son muchos y sería poco honrado por mi parte apostar sabiendo de antemano el resultado.
       —Es evidente que conoces muy bien este trozo de selva, pero no me conoces a mí, así que tu honradez puede quedarse tranquila.
       Apostamos unas bebidas y tras darme toda la información que pudo recordar de la ruta, nos hicimos una fotografía para sellar nuestro pacto. (Fotografía 4-2)
       —De todas formas entiendo tu optimismo —dijo, aceptando mi empecinamiento—. Cuando se llega a un lugar donde nunca se ha estado, para las personas como tú lo desconocido es siempre un lugar fantástico.
       Y nos despedimos hasta el día siguiente en que antes de partir le llevaría una bolsa con mi equipaje más prescindible, para que lo llevase consigo cuando días después volase a Jacareacanga.
       —Hasta mañana —le dije mientras le ofrecía de nuevo mi mano—. Gracias por todo.




© Ricardo Hernàndez

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